Comparaciones odiosas

Dime con quién te compara y te diré tu nivel de autoestima. Utilizamos las comparaciones para proteger nuestra autoestima.

Los seres humanos tenemos una tendencia “natural” a atribuir nuestros éxitos a nuestra propia competencia, y nuestros fracasos a la mala suerte o al destino. Si un estudiante saca una buena nota en un examen, pensará que es debido a su capacidad y esfuerzo. Si por el contrario, le suspenden será responsabilidad del profesor o de la excesiva dificultad del examen que ha hecho que muchos suspendieran.

Únicamente, debemos escuchar nuestro lenguaje para darnos cuenta de esta tendencia:

Me suspendieron en Junio“, pero “aprobé en Septiembre“.

¿Quién te suspendió en Junio? vs ¿Quién aprobó en Septiembre?

Estas mismas excusas se utilizan en muchas empresas (por “suerte” no en todas). Si fracasamos en un proyecto en el que competimos con otras, se debe a la suerte de los terceros, en cambio si triunfamos, sin duda, se debido al excelente trabajo realizado.

Y ¿Para qué realizamos estas comparaciones favorables? Para proteger nuestra autoestima, la valoración que realizamos sobre nosotros mismos.

La autoestima es el aprecio o consideración que tenemos por nosotros mismos. Desde pequeños aprendemos lo importante que es proteger nuestra autoestima.

Un niño de dos años, comienza a saber qué comportamientos son aprobados por sus padres, cuales de sus conductas son premiadas o castigadas, por lo que empieza a modular su comportamiento para evitar el rechazo y conseguir las expectativas que en él han puesto sus padres. A los 4 años, comienzan a realizar comparaciones entre sus compañeros, y comienzan a ser conscientes de que habilidades se les dan mejor o peor que a otros. En torno a los 6 años, aparecen sentimientos de vergüenza por sus fallos,y se sienten mal cuando sufren críticas o se ríen de ellos.

Para los adolescentes, la opinión de su grupo de iguales es crucial en su nivel de autoestima, por lo que dedican ingentes esfuerzos a proyectar una imagen acorde con los valores y expectativas del grupo. Si preguntamos a un adolescente sobre que es importante para sentirse bien con ellos mismos, seguramente nos hablará del aspecto físico en comparación con el modelo de referencia, y de su éxito en términos de popularidad respecto a su grupo de amigos o conocidos.

Pero esta tendencia no nos abandona en la edad adulta. En un artículo publicado por Pilar Jerico Cuando la inteligencia es una amenaza en la pareja  se pregunta si seríamos capaces de estar con una pareja más inteligente o brillante que nosotros mismos. Para ello, relata un experimento en dónde se pedía a un estudiante que realizase una prueba de matemáticas y de lengua, junto a una compañera. Al finalizar el examen, el alumno conocía su nota pero también la de su compañera de la mesa de al lado. Si su nota era superior a la de su “rival”, éste se acercaba y entablaba conversación. Por el contrario, si la chica había obtenido mejor nota, el estudiante se alejaba y no conversaba con ella.

Si estamos pasando por un mal momento, por ejemplo no tenemos trabajo, solemos compararnos con personas que están peor. Se trata de comparaciones ventajosas, que nos permiten proteger nuestra autoestima y mejorar nuestra confianza en nosotros mismos. La mayoría de nosotros realizamos estas comparaciones ventajosas, llevándonos incluso a manipular los hechos y racionalizar los acontecimientos o consecuencias para que la explicación final nos favorezca o proteja. De hecho, al compararnos solemos ser muy benévolos con nuestras capacidades, y nos valoramos por encima de los demás: conducimos mejor, somos más honestos, más trabajadores, más inteligentes que la media.

En una sociedad competitiva, en la que la imagen que proyectamos a los demás es nuestro reflejo, llegamos a auto-engañarnos pensando que nosotros somos lo que decimos ser. Se trata de mecanismos de defensa de nuestro propio “yo”. Por esa razón, solemos acomodar la realidad a nuestras creencias. El poder de nuestros modelos mentales nos llevan a ver el mundo, no como es, si no como somos nosotros.

Cuanto más grande sea la brecha entre lo que somos y lo que proyectamos, lo que tenemos y queremos tener, mayor riesgo de insatisfacción. Rojas Marcos en su libro “Nuestra felicidad” apunta que la autoestima más beneficiosa es la realista: “Aceptación genuina de nuestras capacidades y limitaciones, el goce por los logros legítimos, la ilusión enfocada a metas alcanzables y la habilidad para discriminar entre las situaciones que podemos controlar y las que no.”

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Y cuidado, porque “Napoleón envidiaba a César, César envidiaba a Alejandro Magno, y Alejandro Magno envidiaba a Hércules, quien probablemente nunca existió” Bertrand Russell.

 

 

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